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INFORME ANUAL DE LA FAO

La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) ha divulgado esta semana desde su sede en Roma su informe anual para 2008. El informe se titula “El estado de la inseguridad alimentaría en el mundo en 2008”.

Entre los hallazgos mas significativos del informe de este año destaca que, “la cifra de personas que son víctimas del hambre alcanza ya los 963 millones, lo que supone un aumento de 40 millones de personas respecto a 2007”. Según el informe, “la gran mayoría de las personas desnutridas en el mundo, 907 millones, vive en países en desarrollo”. El 65% de ellas se concentra en siete países: la India, China, la República Democrática del Congo, Bangladesh, Indonesia, Pakistán y Etiopía.

Por continentes, Asia que es el continente más poblado, es también el más afectado, pues allí viven cerca de 600 millones de hambrientos, que representan casi dos tercios del total. El resto de se encuentran en el África subsahariana en donde una de cada tres personas (aproximadamente unos 240 millones) sufre de desnutrición crónica.

Tal y como había señalado en mi post del pasado 26 de noviembre titulado, “El número de hambrientos en América Latina ha aumentado seis millones en sólo dos años”  la situación en Latinoamérica y el Caribe se ha agravado debido a la crisis de los precios de los alimentos. La región que había conseguido buenos resultados en su lucha de reducir el hambre, ha visto como ha vuelto aumentar el número de personas hambrientas, se calcula que el número supera los 50 millones.

Disparidad en las cifras
Según explica el propio informe hay disparidad en los resultados, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos de América utilizando una metodología diferente estima que “el efecto de los precios elevados de los alimentos ha generado un aumento de 133 millones de personas subnutridas en los 70 países analizados. Una distinción importante entre los dos enfoques para la estimación del hambre se refiere a la forma en que se calcula la desigualdad en la distribución de alimentos disponibles para el consumo humano. A diferencia de la FAO, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos de América utiliza un punto límite más elevado (y constante) para determinar el umbral del hambre; así, emplea un valor de 2 100 kilocalorías por persona y día, mientras que los valores de la FAO dependen de la distribución por edades y sexo en cada país, y oscilan normalmente entre las 1 600 y las 2 000 kilocalorías por persona y día.”

Las consecuencias de estas discrepancias en cuanto a la manera, en que se realizan las estimaciones son muy serias, pues si seguimos el criterio de los estadounidenses significa que la FAO, establece un número muy bajo en sus estimaciones. Por lo tanto, las cifras del incremento de personas que pasan hambre y las cifras totales son mucho más altas.

Un futuro sombrío
El informe tiene un tono bastante pesimista por que según la FAO, la situación va a empeorar por la crisis económica. Según el director general de la FAO, Jacques Diouf, el compromiso asumido en 1996 para reducir las cifras de personas hambrientas en el mundo a la mitad en 2015 corre el riesgo de “no poder realizarse antes de 2150″.

La situación es tan crítica que ya no se trata de que los precios de los alimentos bajen, se trata de hacer una reforma total que permite enmendar los “errores estratégicos” en el modelo en que se ha estado brindando la cooperación al desarrollo que no ha resuelto la crisis alimentaria en muchos países. Ahora más que nunca resulta necesario que se invierta más en un modelo que potencie la agricultura; que entregue semillas de calidad y fertilizantes de manera directa a los agricultores, que se construyan canales y sistemas de irrigación y de agua potable con el fin de aumentar la productividad. Sobre todo que también las decisiones y soluciones estén en manos de los agricultores y no solo en los despachos de los políticos locales, de las ONG o los burócratas de las organizaciones internacionales.

Aceptar el desafío
La FAO cree “firmemente que una inversión agrícola renovada que se centre en el desarrollo de los pequeños agricultores y el medio rural transformará la agricultura en un sector económico dinámico, y tendrá efectos positivos en la reducción de la pobreza. Para tener éxito, el aumento de la productividad agrícola debe ir acompañado de un aumento de la inversión en el desarrollo de mercados locales y regionales, así como de ajustes completos de las prácticas que distorsionan el comercio. Al mismo tiempo, tienen que adoptarse modelos sostenibles de producción agrícola con el fin de asegurar que las nuevas soluciones sean coherentes con las necesidades medioambientales a largo plazo”.

El liderazgo tiene “que desempeñar una función fundamental en cualquier respuesta de ámbito mundial. Los gobiernos nacionales deberían tomar la iniciativa, aunque necesitarán un apoyo y una cooperación más intensos por parte del sector privado, la sociedad civil, la comunidad humanitaria y el sistema internacional. Las implicaciones financieras relacionadas con la crisis y la respuesta son enormes, y requerirán importantes compromisos políticos y financieros de todas las partes interesadas. Las necesidades esenciales superan con amplitud la respuesta vista hasta ahora. El aumento de las asignaciones debería complementar los actuales niveles de financiación y no desviar los recursos lejos de otros importantes sectores sociales necesarios para cumplir los ODM, como la educación y la sanidad. Estas medidas y resultados sólo pueden lograrse a través de la colaboración en todos los niveles. La FAO seguirá prestando dirección y coordinación en este sentido, y continuará ayudando a los gobiernos nacionales y las comunidades afectadas para abordar lo que constituye un verdadero desafío mundial.”  (1)

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1- Tomado de las conclusiones del informe  “El estado de la inseguridad alimentaría en el mundo en 2008”, FAO (Roma), 2008, pagina 44.

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